Lo que yace en el fondo (de mi tesis)

Lo que yace en el fondo de este proyecto de investigación es algo que angustia, algo que en la soldad y en el silencio de la noche, no me deja dormir. Una fuerza me arrojó de la cama a media noche y me puse a escribir estas líneas, sospechando que lo que está en el fondo, iba a asomarse por algún sitio… sospechando que iba a desbordarse.

¿Por qué el silencio? Me he atrapado a mí misma subrayando, poniendo notas, enfatizando… cualquier mención que se haga sobre el silencio. No puedo evitar la imagen poética de la negra noche como la muerte. Noche que para Blanchot viene de abajo, del fondo, reduciéndolo todo al murmullo, a un rumor incesante. Quizá eso es lo que angustia en el fondo. Quizá en los cimientos de mi tema está la muerte… quizá en los cimientos de todo. Quizá estoy marcada por la muerte, o quizá todos lo estamos (y justo por eso vivimos). Huella de muerte; es por eso que hablamos, que hacemos ruido: para aplazar la muerte a partir de la producción. Sin embargo, eso que hablamos no es sólo producción, es también barullo, gritos y palabrería, tambores y estruendos que disfrazan e intentan llenar el vacío de muerte, el silencio. Bordear con el lenguaje… narrativa de la nada. Palabras que fingen presencia, que intentan llenar, taponar la ausencia; ausencia que es agujero sin fondo… que todo lo consume, que todo succiona.

He pensado, más de una vez, que estudié filosofía para llenarme de concepto, para arrancarme del cuerpo. ¿No se asocia a la filosofía (por lo menos a la más clásica) a la luz? Pero inevitablemente el cuerpo me llora, el silencio me habita. Inevitablemente la poesía me ha seducido desde siempre… poetas malditos, poetas del sinsentido. Muchas veces he envidiado al artista, a ese que (por lo menos así lo imagino) no ha de ser dueño de sí en todo momento, a ese que deja el concepto de lado para devenir pura vida; pura potencia creadora. Pero entonces se me borra el límite entre la vida y la muerte; el borde se diluye y me parecen lo mismo. Aquí se tejen, se entrecruzan problemas que me han interesado desde hace mucho, y sólo ahora me doy cuenta de que tienen que ver con lo mismo: Apolo y Dionisio, necesidad de la línea y de la forma para contener la potencia; el corte como necesario para la diferenciación; la técnica en el arte; el deseo y el goce. Concepto y cuerpo.

Entonces, ¿por qué el silencio? Porque ahí se despliega todo, porque sólo a partir del silencio puede producirse algo, sólo sumergiéndose en el silencio puede darse alguna clase de individuación. Porque el silencio es esa huella que marca, ese punto de desencadenamiento. Es la posibilidad de devenir vida, vida que palpita… no sin intervalos de silencio entre cada contracción, no sin latencia de muerte.

No sé si me ha sobrado silencio o me “ha hecho falta”, no sé siquiera si quepan aquí esos términos; lo que sé es que en el silencio de la noche me lleno de palabras, pero también de angustia… El silencio no sólo produjo palabra, también lágrimas. Y así, lo que sospechaba que iba a desbordarse cuando empecé a escribir, aconteció más bien lágrimas.
No sé si logré decir qué está en el fondo de este proyecto de investigación… lo único de lo que estoy segura es que algo (se) mueve.

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