Acerca de Ana Lucía

"Más de cien palabras, más de cien motivos para no cortarse de un tajo las venas, más de cien pupilas donde vernos vivos.... más de cien mentiras que valen la pena." J. Sabina

Sobre los extra-terrestres

El pensamiento contemporáneo nos reserva la sorpresa de un ateísmo que no es humanista: los dioses han muerto o se han retirado del mundo, el hombre concreto, aun siendo racional, no contiene el universo.
Emmanuel Lévinas

La NASA ha descubierto siete planetas con condiciones muy parecidas a las del nuestro. La posibilidad de conocer la existencia de vida fuera de la Tierra, se vuelve cada vez -un poco- más probable.

Mientras leía esta noticia, que Google se encargó de viralizar dedicándole un doodle, no podía dejar de pesar que una afirmación tal -la probabilidad de encontrar vida fuera de nuestro planeta- no hubiera sido, en modo alguno, aceptada hace unos cuantos siglos. En un tiempo donde el régimen de comprensión se ordenaba alrededor de Dios como centro de comprensión tanto del mundo como del hombre, una afirmación tal hubiese sido descartada inmediatamente. Incluso condenada. ¿Cómo permitir la puesta en duda del orden del mundo?

Dios ha creado el mundo, de manera voluntaria, y ha hecho al hombre a su imagen y semejanza. La existencia de otros seres haría estallar esta creencia, y pondría en jaque toda posibilidad de construir representaciones (de sentido, del mundo, y del propio hombre).

El hombre como centro del universo… y Dios como su garante.

Sin embargo, hoy en día parece, incluso, ir en contra de toda lógica el creer que somos los únicos en un universo -casi- infinito. Simple probabilidad.

En el fondo, me parece, yace el mismo afecto: la angustia ante -la posibilidad de- sabernos solos.

Dios daba un sentido a la existencia del mundo y del hombre; fungía como garante.

El hombre contemporáneo, que habita un mundo del que los dioses se han retirado, parece que de nuevo busca un sentido en un ser que lo trascienda -aunque “sólo” sea en relación a los límites espacio/temporales… terrestres-. El “límite de lo humano” ya no parece suficiente como régimen de comprensión.

Pero… ¿Y si sí estuviésemos solos? ¿Qué implicaría el sabernos los únicos en la inmensidad de un universo cuasi infinito; saber que no hay un otro que comparta nuestra existencia -permitiendo la construcción de sentido-? ¿Qué si sólo fuésemos el resultado de un azar absoluto…?

La probabilidad de encontrar a un otro que también exista se potencializa en la medida en que la ciencia nos da acceso a territorios insospechados, a espacios no concebidos por la mente humana…

Pero, de nuevo, ¿y si, pese a toda esta probabilidad (que intenta predecir desde las categorías científicas y de control racional) no hubiese más que nuestra minúscula existencia humana?

Eso sí que sería una soledad -un desamparo- radical.

No lo sé… quizá la ciencia ficción ahora debería operar en sentido inverso.

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Un afecto migrante

Hay, casi, demasiados textos sobre la migración. Sólo “casi”, porque siempre que un decir está como propulsado por el combustible del afecto, la palabra se vuelve prácticamente un imperativo.

Este decir está profundamente marcado por un afecto y, más allá -o quizá más acá- de ser una suerte de escrito sobre el fenómeno político de “la migración”, es un escrito sobre la experiencia afectiva de ser migrante. Más concretamente: la experiencia afectiva de ser nieta e hija de migrantes. Migrantes que vienen de una tierra que es campo, que es verde y que es lluvia; de una tierra donde la nostalgia se ha instalado como el huésped que habita la densa neblina que baja por el monte y lo cubre todo con un paño gris. Nostalgia que tiene palabra propia, casi intraducible, en la lengua de esa tierra. Nostalgia aterciopelada por una lluvia constante, acentuada por la soledad de un campo desolado por la guerra civil, y marcada por dos, o tres, generaciones completas que se marcharon.

Lo que pueda decir respecto a esas generaciones, está ya muy dicho. Y, en última instancia, es algo que sólo podría contar de oídas. Cuentos que me cuentan. Lo que vale la pena que cuente es, precisamente, lo que yo puedo tejer y destejer desde mi lugar de hija y de nieta. Lugar dividido entre una tierra añorada y una tierra que me acunó.

Dividida e instalada en un tiempo irremediablemente perdido; tiempo de una tierra que ya no es eso… tierra para siempre perdida. Y está perdida no sólo porque generaciones completas se marcharon; sino porque ya hay una, quizá dos, generaciones completas que nacieron y crecieron lejos. Nacieron y crecieron lejos, pero heredando de padres y abuelos ese amor teñido de nostalgia por los montes verdes de ese norte perdido. Nacieron y crecieron lejos, pero volviendo de vez en cuando, algún verano, para recorrer (no sin algo de vino) las calles de piedra de las que tanto habían oído.

El afecto, a pocos días de emprender aquel viaje tan postergado como añorado, es de una pérdida que se despliega en la sensación de que ésta es más de una: es la pérdida heredada; es la pérdida de una tierra que ya no es eso; es la constante pregunta por el retorno… es la posibilidad de volver a perder, habiendo perdido ya. Volver -y quedarse- sería volver a perder. Ser de nuevo -pero ahora en carne propia- migrante en una tierra a la que, al parecer, pertenecemos. Volver implicaría ser extranjero en una tierra que nos hemos apropiado, y que ha florecido en nuestra imaginación como si saliese de un cuento de hadas. Pero, de nuevo, no es eso.

Y así, a pocos días de volver, me siento más dividida y, afectivamente, más (hija y nieta) migrante que nunca.

E teño morriña.

15 de marzo, 2016

Casi un año después, tras el fin de una maestría, varios intentos de tesis, tras muchas renuncias, y algunas otras pérdidas y duelos que me marcaron, regreso al mismo lugar.

Ese mismo lugar al que llegué cinco años atrás, jalada (más que atraída) como por un imán; por una fuerza silenciosa que, a gritos, me arrastró hacia allí. Y me quedé. Me quedé por cuatro años. Siempre volvía. Cada martes.

Pero llegó mayo, y la efervescencia de la primavera, sumada a la emoción por el porvenir, me hicieron pensar que debía dejarlo. Fue la primera de muchas renuncias. El comienzo del caos. No diría que fue la causa de todo lo que aconteció después, sería ingenuo pensar que todo el derrumbe fue efecto de esa pequeña decisión. No, sólo fue parte del proceso de la caída; el primer eslabón de la cadena.

La primera reacción fue un no: no deberías dejarlo/interrumpirlo. Mi respuesta fue sí; sin vuelta atrás. Estaba convencida de que había llegado a su fin, de que estaba lista para abrir las alas y emprender el viaje sola. Incluso, más allá de la metáfora, literalmente volaría: mi destino y mi deseo estaban ya colocados en otro lugar, en uno muy lejano; y para cumplirlos, debía partir, tomar un avión e irme. Debía saberlo: ya no volvería. Algo había llegado a su fin, y yo lo tenía asumido desde hacía tiempo.

Pero el destino juega todas las cartas de la baraja, y yo no vi que sólo tenía unas cuantas en la mano. Mi jugada estaba incompleta y me faltaba un as bajo la manga. Nada de eso pude ver a tiempo.

El fin de una maestría fue el segundo eslabón en esta cadena cronológica de acontecimientos. Luego, el proyecto de una tesis (la mía) se vio postergado por la emoción de una nueva carta en la jugada; por el brillo que implicaba esa nueva posibilidad en mi vida. Y de nuevo las renuncias: esa tesis (sobre el silencio; sobre la escucha más allá de la palabra…) se quedó en el tintero; cerré las alas y no emprendí ningún viaje, me quedé.

Luego, una serie de eventos inesperados. Todos, hoy lo veo así, como un constante recordatorio de que no sabemos nada, ni controlamos nada, ni conocemos a nadie. Sin embargo, en ese momento mi edificación se mostraba muy sólida y resistía -a veces con mucho más esfuerzo- los embates del destino.

Mayo. Esa es la fecha del desencadenamiento. Y a partir de entonces, meses llenos de angustia, de silencio, de embestidas, de demanda sin respuesta; también -hay que decirlo- de felicidad, pero esporádica y siempre teñida de rojo… de un rojo púrpura que lo empañaba todo y que, con fuerza, gritaba desde el fondo.

Poco a poco, ese castillo que, con mi baraja de naipes había construido, comenzó a tambalearse. Yo lo había pintado de rosa, le había puesto nombre a cada una de sus torres, había hecho cuentos e historias alrededor de él; incluso confiaba en que podría vivir el resto de mi vida de y en él. Me había imaginado y narrado alrededor suyo.

Pero los tenues vientos de la angustia, pese a las resistencias del color pastel y de las palabras enhebradas en cada una de mis historias, no cesaron de soplar. Siempre sutil, siempre desde el fondo… pero persistente.

Había renunciado a más de una cosa; pero aún quedaban pérdidas por afrontar. Se avecinaba la culminación del derrumbe. Entonces los naipes cayeron. Era inevitable. Era cuestión de tiempo. Y entonces caí en cuenta de que nunca tendría todas las cartas de la baraja, y de que el único as, lo tiene el destino.

Llegó enero, y con él, una sensación de calma casi olvidada. Había cerrado los ojos con fuerza; cuando al fin comencé a pestañear, después de meses de bombardeo, en lugar de que el polvo nublase mi vista, en lugar de escuchar el estruendoso ruido de la destrucción, me encontré con las tenues tonalidades de la noche: oscura, sí, pero inmóvil, quieta, tranquila… y sumergida en el silencio.

Pero el silencio siempre tiene un filo doble, y lo que al principio apareció como calma, como una paz -casi mortífera-, se fue moviendo hacia el grito.

Entonces grité, y él respondió.

Marzo. Casi un año después regreso al lugar que dejé convencida de que tenía la jugada ganada. No regreso arrepentida, sólo distinta. Regreso con la calma y el grito, regreso llena de marcas, de huellas, de cicatrices. Regreso con un germen que me dejó el caos. Regreso y sus árboles me acogen, regreso y juego a saltar entre el pavimento empedrado.

Regreso (también un martes) y me escucha.

Regreso y me muevo. Porque de eso se trata la vida -de desplazarse, a saltitos, entre las heridas… igual que hago yo saltando entre las piedras del camino hacia la puerta.

Y toco la campana.

Y me acuesto en el diván… y el tiempo (aún no) ha pasado.

 

Lo que yace en el fondo (de mi tesis)

Lo que yace en el fondo de este proyecto de investigación es algo que angustia, algo que en la soldad y en el silencio de la noche, no me deja dormir. Una fuerza me arrojó de la cama a media noche y me puse a escribir estas líneas, sospechando que lo que está en el fondo, iba a asomarse por algún sitio… sospechando que iba a desbordarse.

¿Por qué el silencio? Me he atrapado a mí misma subrayando, poniendo notas, enfatizando… cualquier mención que se haga sobre el silencio. No puedo evitar la imagen poética de la negra noche como la muerte. Noche que para Blanchot viene de abajo, del fondo, reduciéndolo todo al murmullo, a un rumor incesante. Quizá eso es lo que angustia en el fondo. Quizá en los cimientos de mi tema está la muerte… quizá en los cimientos de todo. Quizá estoy marcada por la muerte, o quizá todos lo estamos (y justo por eso vivimos). Huella de muerte; es por eso que hablamos, que hacemos ruido: para aplazar la muerte a partir de la producción. Sin embargo, eso que hablamos no es sólo producción, es también barullo, gritos y palabrería, tambores y estruendos que disfrazan e intentan llenar el vacío de muerte, el silencio. Bordear con el lenguaje… narrativa de la nada. Palabras que fingen presencia, que intentan llenar, taponar la ausencia; ausencia que es agujero sin fondo… que todo lo consume, que todo succiona.

He pensado, más de una vez, que estudié filosofía para llenarme de concepto, para arrancarme del cuerpo. ¿No se asocia a la filosofía (por lo menos a la más clásica) a la luz? Pero inevitablemente el cuerpo me llora, el silencio me habita. Inevitablemente la poesía me ha seducido desde siempre… poetas malditos, poetas del sinsentido. Muchas veces he envidiado al artista, a ese que (por lo menos así lo imagino) no ha de ser dueño de sí en todo momento, a ese que deja el concepto de lado para devenir pura vida; pura potencia creadora. Pero entonces se me borra el límite entre la vida y la muerte; el borde se diluye y me parecen lo mismo. Aquí se tejen, se entrecruzan problemas que me han interesado desde hace mucho, y sólo ahora me doy cuenta de que tienen que ver con lo mismo: Apolo y Dionisio, necesidad de la línea y de la forma para contener la potencia; el corte como necesario para la diferenciación; la técnica en el arte; el deseo y el goce. Concepto y cuerpo.

Entonces, ¿por qué el silencio? Porque ahí se despliega todo, porque sólo a partir del silencio puede producirse algo, sólo sumergiéndose en el silencio puede darse alguna clase de individuación. Porque el silencio es esa huella que marca, ese punto de desencadenamiento. Es la posibilidad de devenir vida, vida que palpita… no sin intervalos de silencio entre cada contracción, no sin latencia de muerte.

No sé si me ha sobrado silencio o me “ha hecho falta”, no sé siquiera si quepan aquí esos términos; lo que sé es que en el silencio de la noche me lleno de palabras, pero también de angustia… El silencio no sólo produjo palabra, también lágrimas. Y así, lo que sospechaba que iba a desbordarse cuando empecé a escribir, aconteció más bien lágrimas.
No sé si logré decir qué está en el fondo de este proyecto de investigación… lo único de lo que estoy segura es que algo (se) mueve.

¡LLAMAMIENTO!

¡Llamamiento!

Que “porta todas las esperanzas, ciertamente, pero, en sí mismo, carece de esperanza. No es desesperado, sino ajeno a la teología, a la esperanza y a la ‘salud’ de salvación; no ajeno al ‘saludo’ del otro, ni ajeno al adiós, ni ajeno a la justicia, sino todavía heterogéneo y rebelde, irreductible al derecho, al poder, a la economía de la redención.” J. Derrida

Consumimos violencia, así como consumimos teorías, noticias, papas fritas y relaciones personales. Consumimos tanta violencia que parece que ya no podemos digerirla, parece que únicamente la dejamos pasar, la dejamos correr al ritmo del resto de las cosas que pasan en nuestras vidas: una muerte más… y otra, y otra. Sin embargo, parece que realmente nada corre, parece que seguimos estancados, coagulados en un charco de sangre seca que, derramada y acumulada, nos ha hecho parte de su costra. Parece que estamos coagulados, que no transitamos… parece que la imposibilidad misma se nos ha venido encima. Lo aceptamos todo; todo lo que nos llega lo consumimos y lo almacenamos: debajo de la cama, debajo de los tapetes… debajo de la tierra.

Pero todo eso, todo eso que aparentemente está enterrado, oculto, se nos presenta constantemente. Reaparece. Lo que nos ha sido ajeno, indigerible, sigue ahí y está comenzando a salir… está desbordando las cloacas de la ciudad. La muerte está en el fondo, asentada, y de un momento a otro, se desbordará (si no es que ya desbordó) “de su cauce por el caudal subterráneo.”

Entonces la pregunta: ¿qué hago?, ¿qué se puede hacer? Y entonces todo el peso del pensamiento oprime a aquellos que, coagulados, inmersos en esta densidad sofocante, se hacen la pregunta por la acción. La filosofía, ¡ella debería dar respuesta! Pero aparece sólo la impotencia.

Cada vez, toda vez, que la violencia real se ha enfrentado con la teoría, parece que la deja muda… quizá entonces estamos partiendo del supuesto incorrecto, quizá no debemos dar respuesta, sino hacer preguntas. Preguntar y sembrar la pregunta. Ésta, como un “no todo” es posibilidad de movimiento. Se nos ha recetado que la realidad es así y con ello hemos dejado que se sedimente. Pero, si preguntamos, si de verdad nos planteamos un simple ¿y si no?

Lo difícil es creer. Pero estamos obligados… es una responsabilidad el constante cuestionar, porque sólo así puede moverse algo, sólo así puede haber efectos. Tenemos que… pese a que parezca una tarea imposible. Creo que, además y sobre todo, hay que luchar constantemente contra la impotencia. Me parece que, por principio, hay que plantearnos la pregunta sobre qué tenemos que ver, cada uno, con lo que sucede en el país… qué es lo que cada quien tiene de responsabilidad. Quizá no esté tan fuera de nosotros esta violencia. Como espectadores y consumidores también jugamos un papel, y si es algo que nos afecta, hemos de preguntarnos qué tenemos que ver con ello.

El psicoanálisis nos dice que cuando se siembra resentimiento a partir de un trauma, lo único que parece quedar es la venganza, el actuar del cuerpo. Sin embargo no sólo queda eso: la palabra puede cumplir las veces de drenaje. La palabra, en su decir (y en su hacer), pone ahí delante y evita que lo no dicho se actúe. Quizá, pues, hay una posibilidad no sólo en la acción que “hace” sino en la acción que “escucha”. Quizá lo que hace falta son espacios, lugares que den lugar a la palabra de la violencia.

Escuchemos.

Escuchar produce resonancias, y las resonancias producen un eco imposible de acallar. Una vez que el silencio (o el ruido) de la muerte ha sido escuchado, su retumbar es incesante. Es precisamente esta resonancia, este re-tumbar, lo que genera el movimiento.

Quizá así hervirá la sangre. Quizá así podremos descoagularnos.

¡No permitamos que el retumbar cese!

Que re–tumbe en nuestro centro, en cada centro, la muerte.

Sobre lo no importante

Me bajé del coche y sentí que el mundo pesaba menos. Es mayo y hace frío, llueve. De pronto todo me pareció más ligero, al principio pensé que era aburrimiento, derivado de la monotonía de las horas. Pero no era eso, el aburrimiento suele ser denso y yo sentía más bien una ligereza, el mundo pesaba menos. Mientras caminaba junto al parque, las hojas caían como no lo hicieron en otoño.

Así, cual hoja seca caída de un árbol se sentía mi espíritu, y con la misma soltura que ella se deja llevar por el viento, yo me dejaba llevar por mis pies.

Es curioso que hace unos meses no pudiera escribir y hoy sea algo que quiero hacer. Todo por Foucault, todo por un yo minimalista que me susurró que escribir era un devenir interno, una mutación que exigía, como condición de posibilidad, la ligereza de espíritu que estaba sintiendo. Heráclito, Nietzsche… ¡y la poesía! Es curioso que justo ahora esté releyendo a Hegel (más por obligación que por gusto). Hace unos años, cuando estaba en el último semestre de la carrera, decidí no meter la materia de Hegel II. En su lugar metí clases de arte y literatura. Esta serie de pensamientos me hicieron recordar, mientras seguía andando por el parque, que desde hace ya mucho tiempo cambié los sistemas por la poesía, que hace ya mucho que me desvié del argumento y aposté por la belleza. Quizá casi desde siempre.

Aposté por lo más efímero… por eso que cae, y cae porque así tiene que ser, cae porque cayendo constituye la vida misma. Y entonces pensé en la hoja, en la muerte y en la vulnerabilidad. Somos hojas que penden de una rama.

Y esa ligereza es lo más bello.

Dicen por ahí que tonto es quien presta un libro y más tonto es quien lo devuelve

Re-encontré un libro, un libro que llegó a mí hace unos siete años de una manera muy misteriosa; un libro prestado por una persona que desapareció y a la que nunca pude devolvérselo. Una parte de mí, una muy grande, se alegra de que no haya habido oportunidad de devolverlo.

Ese libro está rodeado por un halo de misterio… cómo llegó, lo que encontré dentro y cómo se quedó.

Jamás se lo pedí, me lo prestó sin que yo supiera por qué o para qué. Cuando lo puso frente a mí, mientras yo intentaba adivinar las palabras que dibujaban el título, no dejó de insistir en que era un préstamo, que tenía que devolvérselo. Hoy, el énfasis que hizo en la importancia de la devolución, sumado al hecho de que poco después desapareciera y el libro haya quedado en mis manos, es algo que llama mucho mi atención. ¿Por qué prestar un libro cuya posibilidad de pérdida genera tanta angustia? Ya dicen que sólo un tonto presta un libro. Sea como fuere, y pese a que sólo un doble tonto devolvería un libro, acepté las condiciones: prometí devolverlo.

Promesa incumplida.

En cuanto comencé a leerlo quedé capturada, como sólo pasa con algunos libros y en algunas ocasiones. Ni siquiera recuerdo si era realmente bueno, lo que sí recuerdo es cómo me capturó, cómo comencé a leerlo y cómo no me detuve hasta que hube devorado hasta la última palabra. Dentro había dos hermanos, niña y niño, a quienes les había sido robada la posibilidad de respirar aire fresco, de jugar en el jardín y de ir a la escuela… incluso de comer a la mesa y de tropezarse escaleras abajo. Habían sido encerrados en el ático por su propia madre, quien había prometido que era algo temporal.

Promesa incumplida.

Poco después de acabar de leerlo, el prestamista desapareció sin previo aviso, simplemente dejó de ir a clases. Con el paso de los días y la suma de sus ausencias, el libro se apropió de un lugar en mi estante. Hoy sigue en el mismo lugar, pero por alguna razón me sorprendió su presencia y no puedo evitar pensar lo curioso que es el hecho de que, después de tanto tiempo, haya sentido las ganas (¿la necesidad?) de escribir sobre él. ¿Cuántos libros no he leído y simplemente permanecen en los estantes, como sumergidos en una temporalidad indiferente? ¿Cuántas veces no se detiene mi mirada sobre el lomo de algún libro de la infancia y luego se desvía hacia otra cosa? Muchas veces… todas las veces. Menos hoy, menos con ese libro prestado y no devuelto.

Otra vez sobre escribir

Quizá el terror a la escritura es parecido al que sentimos cuando nos enfrentamos al reto de entablar una conversación con alguien extraño; lo único que pasa por la mente es: ¿y ahora qué digo? Es como si las palabras hubiesen huido, dejándonos a expensas de una lengua atrofiada.

Pero quizá escribir es aún más terrorífico… porque es enfrentarse también a uno mismo, a una conversación solitaria. Y así, enfrentado y vulnerable, en esa desnudez a la que se llega línea con línea, uno queda expuesto ante la mirada del otro sin poder dar una respuesta; queda ante la mirada del otro sin posibilidad de defensa, sin posibilidad de réplica o de una sonrisa un tanto forzada que acabe amablemente con la plática. Una vez escrito, no hay vuelta atrás, la letra se ha dejado volar y nunca podremos saber qué efectos tendrá en aquellos ojos a los que llegue.

Lo curioso es que, pese a ello, lo único que queremos es que llegue a algunos (o a muchos) ojos. Escribir es siempre una demanda, es un dirigirse al otro y esperar su respuesta, temblando de angustia. Palabra que llama palabra. Terrible narcisismo que no deja de preguntarse cómo será recibido o si será reconocido. El pobre yo sólo quiere ser amado y se expone a la mirada del otro para que éste le diga: “Lo has hecho bien” y le dé una palmadita.

Y así, entre llamados y demandas, entre devenires subjetivos, afirmaciones y transformaciones, surgió este blog, buscando palmaditas en la espalda, buscando miradas que miren… temiendo lo que puedan encontrar.

Escribir… o no escribir

                                                                      Escribir es defender la soledad en la que se está. (…)  El escritor defiende su soledad, mostrando lo que en ella y únicamente en ella, encuentra.

María Zambrano

Toda posibilidad de escribir se había cancelado, como si a lo largo de los meses las ganas se hubieran drenado, gota a gota. La palabra había zarpado a la deriva y había arribado en el sinsentido, sin posibilidad de retorno. Tenía que escribir ensayos finales, pero ¿cómo escribir sin creer en la letra? Más aún, ¿cómo hacer cualquier cosa sin creer en ella? Todo lo que pudiera decir, pensar, escribir e incluso hacer, no tendría el menor efecto, la violencia real, esa que desborda todo discurso e intento de teorizar, seguiría intacta a pesar del esfuerzo.

Entre los trabajos que debía redactar, estaba el de Foucault, ante el que más me resistía. ¿Para qué escribir sobre los dispositivos de control, el poder o la violencia? Me resultaba absurdo, era ir a contracorriente. Pero entonces, sin previo aviso, otro Foucault me encontró, leyendo una entrevista, una frase distinta se colocó frente a mí y no sé si me des-colocó o me volvió a colocar. Una especie de sorpresa fue situando, poco a poco, todo lo ya leído y, como si se me presentara por vez primera, lo recibí de una forma distinta. No es que se haya gestado alguna especie de ilusión ingenua; la impotencia ya había pasado por ahí, la desilusión ya había corroído todo, como una enfermedad que desmorona las ganas, y de eso no hay retorno. Pero fue ahí, entre las ruinas y el polvo, entre los escombros de una confianza pasada, donde germinaron nuevas posibilidades de vida; vida que, citando el título de Michel Onfray, implica más la construcción de uno mismo, el compromiso con el propio decir, que la pretensión de transformar el mundo.

            Para mí, el trabajo intelectual está relacionado con lo que se podría denominar esteticismo, en el sentido de transformación individual. Creo que mi verdadero problema es esta extraña relación entre el conocimiento, el academicismo, la teoría y la historia real. Sé muy bien, y creo que lo sé desde que era niño, que el conocimiento no puede aportar nada a la transformación del mundo. (…) Esta transformación de uno mismo por el propio conocimiento es, en mi opinión, algo cercano a la experiencia estética. ¿Para qué pintaría un pintor sino para ser transformado por su propio trabajo? (Foucault, pp.97)

Escribimos, pues, para encontrar aquello que sólo se encuentra en la escritura, que sólo se encuentra en la soledad; porque escribir es parte del devenir sujeto, de la transformación: movimiento incesante, interminable e incansable, movimiento que no se consuma sino con la muerte. El desplazamiento de la letra es el desplazamiento del deseo mismo, deseo en el que late la pulsión de muerte pero que, en su devenir metonímico, da posibilidad a la vida. Es así que la escritura constituye lo estético que, nietzscheanamente, soporta nuestra existencia –es la economía de la muerte– es nuestro medio de subsistencia, “aquello que debe funcionar como protección de la existencia del individuo, y para comprensión del mundo exterior”; nuestra forma de defendernos del mundo y de transformarnos porque ¿para qué pintaría un pintor sino para ser transformado por su propio trabajo?

He aquí la posibilidad de vida que, entre los escombros de un ideal muerto, pudo surgir: una existencia solitaria; una existencia ética-estética en la que lo que importa es la relación con uno mismo al actuar; relación de compromiso, de afirmación y de voluntad, relación “destinada a producir una bella individualidad, una naturaleza artística cuyas aspiraciones serían el heroísmo, o la santidad que permite un mundo sin Dios, desesperadamente ateo, vacío de todo, salvo de las potencialidades y las decisiones que las hacen florecer.” Estética de vida que hace florecer entre cenizas y ruinas, que emprende el vuelo y se sostiene en el aire por un eterno instante. Y por primera vez vi, entre palabras traslúcidas, a Nietzsche en Foucault; vi la voluntad de vivir.

En este sentido, escribir es un acontecer que siempre está siendo y haciendo, transformando, deviniendo. En la escritura misma se pone a prueba la facultad de decidir, ahí se pone en juego la vida como instante; para escribir “es necesario desembarazarse de las sombras antes de que se vuelvan exigencias, obstáculos.” Escribir es perderse, y por eso no resulta fácil, porque algo de uno mismo se pierde, se deja o se transforma… muere. Darse a la experiencia del instante es, de algún modo, darse a la muerte. He ahí lo ético/estético de la escritura, es un instante, un momento que, efectivamente ha de terminar en la papelera.

Defender la soledad es defender la búsqueda, es afirmar la voluntad. Quizá ahí, en el salto, en el dejarnos devenir sin buscarnos, logremos perdernos… entonces habremos hecho algo interesante.