Sobre lo no importante

Me bajé del coche y sentí que el mundo pesaba menos. Es mayo y hace frío, llueve. De pronto todo me pareció más ligero, al principio pensé que era aburrimiento, derivado de la monotonía de las horas. Pero no era eso, el aburrimiento suele ser denso y yo sentía más bien una ligereza, el mundo pesaba menos. Mientras caminaba junto al parque, las hojas caían como no lo hicieron en otoño.

Así, cual hoja seca caída de un árbol se sentía mi espíritu, y con la misma soltura que ella se deja llevar por el viento, yo me dejaba llevar por mis pies.

Es curioso que hace unos meses no pudiera escribir y hoy sea algo que quiero hacer. Todo por Foucault, todo por un yo minimalista que me susurró que escribir era un devenir interno, una mutación que exigía, como condición de posibilidad, la ligereza de espíritu que estaba sintiendo. Heráclito, Nietzsche… ¡y la poesía! Es curioso que justo ahora esté releyendo a Hegel (más por obligación que por gusto). Hace unos años, cuando estaba en el último semestre de la carrera, decidí no meter la materia de Hegel II. En su lugar metí clases de arte y literatura. Esta serie de pensamientos me hicieron recordar, mientras seguía andando por el parque, que desde hace ya mucho tiempo cambié los sistemas por la poesía, que hace ya mucho que me desvié del argumento y aposté por la belleza. Quizá casi desde siempre.

Aposté por lo más efímero… por eso que cae, y cae porque así tiene que ser, cae porque cayendo constituye la vida misma. Y entonces pensé en la hoja, en la muerte y en la vulnerabilidad. Somos hojas que penden de una rama.

Y esa ligereza es lo más bello.

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