Escribir… o no escribir

                                                                      Escribir es defender la soledad en la que se está. (…)  El escritor defiende su soledad, mostrando lo que en ella y únicamente en ella, encuentra.

María Zambrano

Toda posibilidad de escribir se había cancelado, como si a lo largo de los meses las ganas se hubieran drenado, gota a gota. La palabra había zarpado a la deriva y había arribado en el sinsentido, sin posibilidad de retorno. Tenía que escribir ensayos finales, pero ¿cómo escribir sin creer en la letra? Más aún, ¿cómo hacer cualquier cosa sin creer en ella? Todo lo que pudiera decir, pensar, escribir e incluso hacer, no tendría el menor efecto, la violencia real, esa que desborda todo discurso e intento de teorizar, seguiría intacta a pesar del esfuerzo.

Entre los trabajos que debía redactar, estaba el de Foucault, ante el que más me resistía. ¿Para qué escribir sobre los dispositivos de control, el poder o la violencia? Me resultaba absurdo, era ir a contracorriente. Pero entonces, sin previo aviso, otro Foucault me encontró, leyendo una entrevista, una frase distinta se colocó frente a mí y no sé si me des-colocó o me volvió a colocar. Una especie de sorpresa fue situando, poco a poco, todo lo ya leído y, como si se me presentara por vez primera, lo recibí de una forma distinta. No es que se haya gestado alguna especie de ilusión ingenua; la impotencia ya había pasado por ahí, la desilusión ya había corroído todo, como una enfermedad que desmorona las ganas, y de eso no hay retorno. Pero fue ahí, entre las ruinas y el polvo, entre los escombros de una confianza pasada, donde germinaron nuevas posibilidades de vida; vida que, citando el título de Michel Onfray, implica más la construcción de uno mismo, el compromiso con el propio decir, que la pretensión de transformar el mundo.

            Para mí, el trabajo intelectual está relacionado con lo que se podría denominar esteticismo, en el sentido de transformación individual. Creo que mi verdadero problema es esta extraña relación entre el conocimiento, el academicismo, la teoría y la historia real. Sé muy bien, y creo que lo sé desde que era niño, que el conocimiento no puede aportar nada a la transformación del mundo. (…) Esta transformación de uno mismo por el propio conocimiento es, en mi opinión, algo cercano a la experiencia estética. ¿Para qué pintaría un pintor sino para ser transformado por su propio trabajo? (Foucault, pp.97)

Escribimos, pues, para encontrar aquello que sólo se encuentra en la escritura, que sólo se encuentra en la soledad; porque escribir es parte del devenir sujeto, de la transformación: movimiento incesante, interminable e incansable, movimiento que no se consuma sino con la muerte. El desplazamiento de la letra es el desplazamiento del deseo mismo, deseo en el que late la pulsión de muerte pero que, en su devenir metonímico, da posibilidad a la vida. Es así que la escritura constituye lo estético que, nietzscheanamente, soporta nuestra existencia –es la economía de la muerte– es nuestro medio de subsistencia, “aquello que debe funcionar como protección de la existencia del individuo, y para comprensión del mundo exterior”; nuestra forma de defendernos del mundo y de transformarnos porque ¿para qué pintaría un pintor sino para ser transformado por su propio trabajo?

He aquí la posibilidad de vida que, entre los escombros de un ideal muerto, pudo surgir: una existencia solitaria; una existencia ética-estética en la que lo que importa es la relación con uno mismo al actuar; relación de compromiso, de afirmación y de voluntad, relación “destinada a producir una bella individualidad, una naturaleza artística cuyas aspiraciones serían el heroísmo, o la santidad que permite un mundo sin Dios, desesperadamente ateo, vacío de todo, salvo de las potencialidades y las decisiones que las hacen florecer.” Estética de vida que hace florecer entre cenizas y ruinas, que emprende el vuelo y se sostiene en el aire por un eterno instante. Y por primera vez vi, entre palabras traslúcidas, a Nietzsche en Foucault; vi la voluntad de vivir.

En este sentido, escribir es un acontecer que siempre está siendo y haciendo, transformando, deviniendo. En la escritura misma se pone a prueba la facultad de decidir, ahí se pone en juego la vida como instante; para escribir “es necesario desembarazarse de las sombras antes de que se vuelvan exigencias, obstáculos.” Escribir es perderse, y por eso no resulta fácil, porque algo de uno mismo se pierde, se deja o se transforma… muere. Darse a la experiencia del instante es, de algún modo, darse a la muerte. He ahí lo ético/estético de la escritura, es un instante, un momento que, efectivamente ha de terminar en la papelera.

Defender la soledad es defender la búsqueda, es afirmar la voluntad. Quizá ahí, en el salto, en el dejarnos devenir sin buscarnos, logremos perdernos… entonces habremos hecho algo interesante.