Sobre los extra-terrestres

El pensamiento contemporáneo nos reserva la sorpresa de un ateísmo que no es humanista: los dioses han muerto o se han retirado del mundo, el hombre concreto, aun siendo racional, no contiene el universo.
Emmanuel Lévinas

La NASA ha descubierto siete planetas con condiciones muy parecidas a las del nuestro. La posibilidad de conocer la existencia de vida fuera de la Tierra, se vuelve cada vez -un poco- más probable.

Mientras leía esta noticia, que Google se encargó de viralizar dedicándole un doodle, no podía dejar de pesar que una afirmación tal -la probabilidad de encontrar vida fuera de nuestro planeta- no hubiera sido, en modo alguno, aceptada hace unos cuantos siglos. En un tiempo donde el régimen de comprensión se ordenaba alrededor de Dios como centro de comprensión tanto del mundo como del hombre, una afirmación tal hubiese sido descartada inmediatamente. Incluso condenada. ¿Cómo permitir la puesta en duda del orden del mundo?

Dios ha creado el mundo, de manera voluntaria, y ha hecho al hombre a su imagen y semejanza. La existencia de otros seres haría estallar esta creencia, y pondría en jaque toda posibilidad de construir representaciones (de sentido, del mundo, y del propio hombre).

El hombre como centro del universo… y Dios como su garante.

Sin embargo, hoy en día parece, incluso, ir en contra de toda lógica el creer que somos los únicos en un universo -casi- infinito. Simple probabilidad.

En el fondo, me parece, yace el mismo afecto: la angustia ante -la posibilidad de- sabernos solos.

Dios daba un sentido a la existencia del mundo y del hombre; fungía como garante.

El hombre contemporáneo, que habita un mundo del que los dioses se han retirado, parece que de nuevo busca un sentido en un ser que lo trascienda -aunque “sólo” sea en relación a los límites espacio/temporales… terrestres-. El “límite de lo humano” ya no parece suficiente como régimen de comprensión.

Pero… ¿Y si sí estuviésemos solos? ¿Qué implicaría el sabernos los únicos en la inmensidad de un universo cuasi infinito; saber que no hay un otro que comparta nuestra existencia -permitiendo la construcción de sentido-? ¿Qué si sólo fuésemos el resultado de un azar absoluto…?

La probabilidad de encontrar a un otro que también exista se potencializa en la medida en que la ciencia nos da acceso a territorios insospechados, a espacios no concebidos por la mente humana…

Pero, de nuevo, ¿y si, pese a toda esta probabilidad (que intenta predecir desde las categorías científicas y de control racional) no hubiese más que nuestra minúscula existencia humana?

Eso sí que sería una soledad -un desamparo- radical.

No lo sé… quizá la ciencia ficción ahora debería operar en sentido inverso.

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¡LLAMAMIENTO!

¡Llamamiento!

Que “porta todas las esperanzas, ciertamente, pero, en sí mismo, carece de esperanza. No es desesperado, sino ajeno a la teología, a la esperanza y a la ‘salud’ de salvación; no ajeno al ‘saludo’ del otro, ni ajeno al adiós, ni ajeno a la justicia, sino todavía heterogéneo y rebelde, irreductible al derecho, al poder, a la economía de la redención.” J. Derrida

Consumimos violencia, así como consumimos teorías, noticias, papas fritas y relaciones personales. Consumimos tanta violencia que parece que ya no podemos digerirla, parece que únicamente la dejamos pasar, la dejamos correr al ritmo del resto de las cosas que pasan en nuestras vidas: una muerte más… y otra, y otra. Sin embargo, parece que realmente nada corre, parece que seguimos estancados, coagulados en un charco de sangre seca que, derramada y acumulada, nos ha hecho parte de su costra. Parece que estamos coagulados, que no transitamos… parece que la imposibilidad misma se nos ha venido encima. Lo aceptamos todo; todo lo que nos llega lo consumimos y lo almacenamos: debajo de la cama, debajo de los tapetes… debajo de la tierra.

Pero todo eso, todo eso que aparentemente está enterrado, oculto, se nos presenta constantemente. Reaparece. Lo que nos ha sido ajeno, indigerible, sigue ahí y está comenzando a salir… está desbordando las cloacas de la ciudad. La muerte está en el fondo, asentada, y de un momento a otro, se desbordará (si no es que ya desbordó) “de su cauce por el caudal subterráneo.”

Entonces la pregunta: ¿qué hago?, ¿qué se puede hacer? Y entonces todo el peso del pensamiento oprime a aquellos que, coagulados, inmersos en esta densidad sofocante, se hacen la pregunta por la acción. La filosofía, ¡ella debería dar respuesta! Pero aparece sólo la impotencia.

Cada vez, toda vez, que la violencia real se ha enfrentado con la teoría, parece que la deja muda… quizá entonces estamos partiendo del supuesto incorrecto, quizá no debemos dar respuesta, sino hacer preguntas. Preguntar y sembrar la pregunta. Ésta, como un “no todo” es posibilidad de movimiento. Se nos ha recetado que la realidad es así y con ello hemos dejado que se sedimente. Pero, si preguntamos, si de verdad nos planteamos un simple ¿y si no?

Lo difícil es creer. Pero estamos obligados… es una responsabilidad el constante cuestionar, porque sólo así puede moverse algo, sólo así puede haber efectos. Tenemos que… pese a que parezca una tarea imposible. Creo que, además y sobre todo, hay que luchar constantemente contra la impotencia. Me parece que, por principio, hay que plantearnos la pregunta sobre qué tenemos que ver, cada uno, con lo que sucede en el país… qué es lo que cada quien tiene de responsabilidad. Quizá no esté tan fuera de nosotros esta violencia. Como espectadores y consumidores también jugamos un papel, y si es algo que nos afecta, hemos de preguntarnos qué tenemos que ver con ello.

El psicoanálisis nos dice que cuando se siembra resentimiento a partir de un trauma, lo único que parece quedar es la venganza, el actuar del cuerpo. Sin embargo no sólo queda eso: la palabra puede cumplir las veces de drenaje. La palabra, en su decir (y en su hacer), pone ahí delante y evita que lo no dicho se actúe. Quizá, pues, hay una posibilidad no sólo en la acción que “hace” sino en la acción que “escucha”. Quizá lo que hace falta son espacios, lugares que den lugar a la palabra de la violencia.

Escuchemos.

Escuchar produce resonancias, y las resonancias producen un eco imposible de acallar. Una vez que el silencio (o el ruido) de la muerte ha sido escuchado, su retumbar es incesante. Es precisamente esta resonancia, este re-tumbar, lo que genera el movimiento.

Quizá así hervirá la sangre. Quizá así podremos descoagularnos.

¡No permitamos que el retumbar cese!

Que re–tumbe en nuestro centro, en cada centro, la muerte.