Un afecto migrante

Hay, casi, demasiados textos sobre la migración. Sólo “casi”, porque siempre que un decir está como propulsado por el combustible del afecto, la palabra se vuelve prácticamente un imperativo.

Este decir está profundamente marcado por un afecto y, más allá -o quizá más acá- de ser una suerte de escrito sobre el fenómeno político de “la migración”, es un escrito sobre la experiencia afectiva de ser migrante. Más concretamente: la experiencia afectiva de ser nieta e hija de migrantes. Migrantes que vienen de una tierra que es campo, que es verde y que es lluvia; de una tierra donde la nostalgia se ha instalado como el huésped que habita la densa neblina que baja por el monte y lo cubre todo con un paño gris. Nostalgia que tiene palabra propia, casi intraducible, en la lengua de esa tierra. Nostalgia aterciopelada por una lluvia constante, acentuada por la soledad de un campo desolado por la guerra civil, y marcada por dos, o tres, generaciones completas que se marcharon.

Lo que pueda decir respecto a esas generaciones, está ya muy dicho. Y, en última instancia, es algo que sólo podría contar de oídas. Cuentos que me cuentan. Lo que vale la pena que cuente es, precisamente, lo que yo puedo tejer y destejer desde mi lugar de hija y de nieta. Lugar dividido entre una tierra añorada y una tierra que me acunó.

Dividida e instalada en un tiempo irremediablemente perdido; tiempo de una tierra que ya no es eso… tierra para siempre perdida. Y está perdida no sólo porque generaciones completas se marcharon; sino porque ya hay una, quizá dos, generaciones completas que nacieron y crecieron lejos. Nacieron y crecieron lejos, pero heredando de padres y abuelos ese amor teñido de nostalgia por los montes verdes de ese norte perdido. Nacieron y crecieron lejos, pero volviendo de vez en cuando, algún verano, para recorrer (no sin algo de vino) las calles de piedra de las que tanto habían oído.

El afecto, a pocos días de emprender aquel viaje tan postergado como añorado, es de una pérdida que se despliega en la sensación de que ésta es más de una: es la pérdida heredada; es la pérdida de una tierra que ya no es eso; es la constante pregunta por el retorno… es la posibilidad de volver a perder, habiendo perdido ya. Volver -y quedarse- sería volver a perder. Ser de nuevo -pero ahora en carne propia- migrante en una tierra a la que, al parecer, pertenecemos. Volver implicaría ser extranjero en una tierra que nos hemos apropiado, y que ha florecido en nuestra imaginación como si saliese de un cuento de hadas. Pero, de nuevo, no es eso.

Y así, a pocos días de volver, me siento más dividida y, afectivamente, más (hija y nieta) migrante que nunca.

E teño morriña.

15 de marzo, 2016

Casi un año después, tras el fin de una maestría, varios intentos de tesis, tras muchas renuncias, y algunas otras pérdidas y duelos que me marcaron, regreso al mismo lugar.

Ese mismo lugar al que llegué cinco años atrás, jalada (más que atraída) como por un imán; por una fuerza silenciosa que, a gritos, me arrastró hacia allí. Y me quedé. Me quedé por cuatro años. Siempre volvía. Cada martes.

Pero llegó mayo, y la efervescencia de la primavera, sumada a la emoción por el porvenir, me hicieron pensar que debía dejarlo. Fue la primera de muchas renuncias. El comienzo del caos. No diría que fue la causa de todo lo que aconteció después, sería ingenuo pensar que todo el derrumbe fue efecto de esa pequeña decisión. No, sólo fue parte del proceso de la caída; el primer eslabón de la cadena.

La primera reacción fue un no: no deberías dejarlo/interrumpirlo. Mi respuesta fue sí; sin vuelta atrás. Estaba convencida de que había llegado a su fin, de que estaba lista para abrir las alas y emprender el viaje sola. Incluso, más allá de la metáfora, literalmente volaría: mi destino y mi deseo estaban ya colocados en otro lugar, en uno muy lejano; y para cumplirlos, debía partir, tomar un avión e irme. Debía saberlo: ya no volvería. Algo había llegado a su fin, y yo lo tenía asumido desde hacía tiempo.

Pero el destino juega todas las cartas de la baraja, y yo no vi que sólo tenía unas cuantas en la mano. Mi jugada estaba incompleta y me faltaba un as bajo la manga. Nada de eso pude ver a tiempo.

El fin de una maestría fue el segundo eslabón en esta cadena cronológica de acontecimientos. Luego, el proyecto de una tesis (la mía) se vio postergado por la emoción de una nueva carta en la jugada; por el brillo que implicaba esa nueva posibilidad en mi vida. Y de nuevo las renuncias: esa tesis (sobre el silencio; sobre la escucha más allá de la palabra…) se quedó en el tintero; cerré las alas y no emprendí ningún viaje, me quedé.

Luego, una serie de eventos inesperados. Todos, hoy lo veo así, como un constante recordatorio de que no sabemos nada, ni controlamos nada, ni conocemos a nadie. Sin embargo, en ese momento mi edificación se mostraba muy sólida y resistía -a veces con mucho más esfuerzo- los embates del destino.

Mayo. Esa es la fecha del desencadenamiento. Y a partir de entonces, meses llenos de angustia, de silencio, de embestidas, de demanda sin respuesta; también -hay que decirlo- de felicidad, pero esporádica y siempre teñida de rojo… de un rojo púrpura que lo empañaba todo y que, con fuerza, gritaba desde el fondo.

Poco a poco, ese castillo que, con mi baraja de naipes había construido, comenzó a tambalearse. Yo lo había pintado de rosa, le había puesto nombre a cada una de sus torres, había hecho cuentos e historias alrededor de él; incluso confiaba en que podría vivir el resto de mi vida de y en él. Me había imaginado y narrado alrededor suyo.

Pero los tenues vientos de la angustia, pese a las resistencias del color pastel y de las palabras enhebradas en cada una de mis historias, no cesaron de soplar. Siempre sutil, siempre desde el fondo… pero persistente.

Había renunciado a más de una cosa; pero aún quedaban pérdidas por afrontar. Se avecinaba la culminación del derrumbe. Entonces los naipes cayeron. Era inevitable. Era cuestión de tiempo. Y entonces caí en cuenta de que nunca tendría todas las cartas de la baraja, y de que el único as, lo tiene el destino.

Llegó enero, y con él, una sensación de calma casi olvidada. Había cerrado los ojos con fuerza; cuando al fin comencé a pestañear, después de meses de bombardeo, en lugar de que el polvo nublase mi vista, en lugar de escuchar el estruendoso ruido de la destrucción, me encontré con las tenues tonalidades de la noche: oscura, sí, pero inmóvil, quieta, tranquila… y sumergida en el silencio.

Pero el silencio siempre tiene un filo doble, y lo que al principio apareció como calma, como una paz -casi mortífera-, se fue moviendo hacia el grito.

Entonces grité, y él respondió.

Marzo. Casi un año después regreso al lugar que dejé convencida de que tenía la jugada ganada. No regreso arrepentida, sólo distinta. Regreso con la calma y el grito, regreso llena de marcas, de huellas, de cicatrices. Regreso con un germen que me dejó el caos. Regreso y sus árboles me acogen, regreso y juego a saltar entre el pavimento empedrado.

Regreso (también un martes) y me escucha.

Regreso y me muevo. Porque de eso se trata la vida -de desplazarse, a saltitos, entre las heridas… igual que hago yo saltando entre las piedras del camino hacia la puerta.

Y toco la campana.

Y me acuesto en el diván… y el tiempo (aún no) ha pasado.