Saberes sobre Subjetividad y Violencia

Entre las palabras: herida, cuchillada, cortada, marca, cicatriz, no tardé mucho en decidirme –y ya se verá por qué–, por la última, y me parece por eso que tuve que pensar primero en esta palabra cargada de estigmas. (…) He tenido que optar por la palabra cicatriz porque, aunque conserva su significado de huella dejada en la carne por una herida, (…) también ha llegado a señalar una condición, un estado, un orden.
Mohamed Leftah, Damiselas de Numidia

¿Por qué estudiar una maestría, un doctorado, en Saberes sobre Subjetividad y Violencia? O por qué entregarse a la escucha doliente de un devenir subjetivo que ha sido marcado por la violencia. ¿Qué son esas palabrotas: “Subjetividad” y “Violencia”? Y, ¿qué Sabemos al respecto? Si allá afuera nos preguntan de qué trata nuestro posgrado, probablemente tengamos algunos cuantos problemas para satisfacerlos con nuestra respuesta. Lo más sencillo, por lo menos en mi caso, es contestar: “es sobre filosofía y psicoanálisis”. Eso no dice nada, pero deja a la gente un poco menos inquieta. Nos embarcamos en un posgrado en aras de producir un saber… y terminamos no sabiendo. Terminamos, más bien, destejiéndonos en un no-saber. En un comienzo, quizá creemos que entenderemos qué es la violencia y, si somos lo suficientemente optimistas, que podremos incidir en el mundo (social o subjetivo). Pero nada de esto ocurre; por lo menos no de manera absoluta, completa o sin fallo. Entramos con suelo, aun cuando sean sólo unos cuantos metros cuadrados, pero salimos abismados. Nos abismamos porque entramos en esta lógica de no-saber que hace estallar infinidad de preguntas; lógica del no-saber que fragmenta, que hace añicos y que hace estallar la multiplicidad.

Lógica, deleuzianamente, del mapa:

El mapa es abierto, conectable, en todas sus dimensiones, desmontable, alterable, susceptible de recibir constantemente modificaciones. Puede ser roto, alterado, adaptarse a distintos montajes, iniciando por un individuo, un grupo, una formación social. Puede dibujarse en una pared, concebirse como una obra de arte, construirse como una acción política o como una meditación. Una de las características más importantes del rizoma quizá sea la de tener siempre múltiples entradas (…), contrariamente al calco, que siempre vuelve «a lo mismo», un mapa es un asunto de performance, mientras que el calco siempre permite una supuesta competance.

Más que construir saberes, trazamos mapas; mapas que se abren, que conectan y desconectan, mapas que se alteran (y que nos alteran); mapas que somos invitados a concebir como obra de arte, como poesía, como acción política… como vida misma.
Diálogo… más que un colegio de saberes, se trata de un colegio de diálogos que, muy socráticamente, pone en jaque y nos empuja siempre hacia un radical no saber; hacia un constante cuestionamiento sobre aquello que dábamos por sentado y que erigíamos en el pedestal de la verdad. El colegio nos encomienda una tarea imposible: escriturar sobre las subjetividades y sobre las violencias. Nos encomienda pensarlas, pero nos quita los recursos intelectuales que hasta entonces nos habían servido de armas. ¿Cómo atender a una exigencia de la diferencia y, al mismo tiempo, escriturar? ¿Cómo ser fiel al compromiso con la multiplicidad? ¿Cómo hacer texto sin establecer una unidad y una estructura que, como tal, subordina la multiplicidad bajo un ideal de Todo? ¿Cómo escriturar la subjetividad y la violencia; el devenir, las intensidades y la producción del deseo? ¿Cómo hacerlo sin caer en jerarquizaciones, en relaciones unívocas o significaciones que cierren, que coagulen y que bloqueen toda posibilidad de escucha? ¿Cómo hacerlo y… más aún… para qué hacerlo?

Hubo un momento en la maestría, que se vivió como algo grupal, en el que escribir se había tornado, fácticamente, una tarea imposible. Se había cancelado toda posibilidad de escribir, como si toda ilusión se hubiese drenado, gota a gota a lo largo de los meses. ¿Cómo escribir sin creer en la letra?, mejor aún ¿cómo hacer cualquier cosa sin creer en ella? Una densa mezcla de nostalgia e impotencia había arribado en el sinsentido de la palabra y lo real rebasaba cualquier intento de pensamiento. Todo lo que pudiera decirse, escribirse, pensarse e incluso hacerse, quedaba corto frente a esa violencia desbordante… esa violencia que se vivió en nuestro país precisamente en ese momento. Aquello tantas veces designado teóricamente como “Violencia” se apoderó del cuerpo. Lo “no-decible”, lo “inapalabrable”, nos volvió mudos; se presentó como una imposibilidad fáctica de escribir y una desgana para pensar teoría. Hoy, deleuzianamente, me pregunto cómo logramos transformar esa fuerza reactiva en una potencia poiética. En potencia productora.

¿De qué servía, pues, leer a los filósofos? ¿De qué servía pretender escribir sobre la violencia, la hospitalidad, la justicia, sobre los dispositivos de control, o sobre el poder? ¿Cambiaría algo la violencia real, esa fuerza reactiva que se escapa, que excede, el pensamiento? No. La palabra se volvió un peso. Realmente a poca gente parecía interesarle y poca gente se detiene en el pensar. ¿Por qué o para qué pensar-escribir? ¿Quién leería? ¿Qué incidencia tendría en el mundo allá afuera? El mismo pequeño círculo de siempre, o sólo una persona y a la papelera. Pero entonces, entre las lecturas obligadas, me reencontré con Foucault… me encontró una frase distinta; algo en lo que no me había detenido, se colocó frente a mí y no sé si me des-colocó o me volvió a colocar. Una especie de sorpresa fue situando, poco a poco, todo lo ya leído y, como si se me presentara por vez primera, lo recibí de una forma distinta. No es que se haya gestado alguna especie de ilusión ingenua; la impotencia ya había pasado por ahí, la desilusión ya había corroído todo, como una enfermedad que desmorona las ganas, y de eso no hay retorno. Pero fue ahí, entre las ruinas y el polvo, entre los escombros de una confianza pasada, donde germinaron nuevas posibilidades de vida; vida que implica más la construcción de uno mismo, el compromiso con el propio decir, que la pretensión de transformar el mundo.

Para mí, el trabajo intelectual está relacionado con lo que se podría denominar esteticismo, en el sentido de transformación individual. Creo que mi verdadero problema es esta extraña relación entre el conocimiento, el academicismo, la teoría y la historia real. Sé muy bien, y creo que lo sé desde que era niño, que el conocimiento no puede aportar nada a la transformación del mundo. (…) Esta transformación de uno mismo por el propio conocimiento es, en mi opinión, algo cercano a la experiencia estética. ¿Para qué pintaría un pintor sino para ser transformado por su propio trabajo?

Foucault parecía defender su soledad. Para él lo académico poco podía hacer en la transformación del mundo. Entonces, ¿por qué escribir? ¿Por qué hablar sobre el poder si no podemos hacer nada contra él, si incluso, en palabras suyas, nos puede destruir? ¿No era el objetivo de la crítica buscar la transformación? No… y sí. El matiz está en que la transformación, el devenir, radica en la potencia subjetiva. Nietzscheanamente, Foucault se colocaba en la postura de la creación como sostén de la existencia. ¿Para qué escribimos? Después de la impotencia, comprendimos que nuestro deber era hacerlo… un deber no ético o moral; sino un deber de ser. Comprendimos que se escribe (y no pensemos aquí la escritura sólo en su sentido literal) para encontrar aquello que sólo se encuentra en la escrituración: escribir es parte de devenir sujeto, de la transformación: movimiento incesante, interminable e incansable, movimiento incesante que constituye la vida misma. Mapa. La palabra y su función en el campo de la escrituración es rizomática: una suerte de asociación libre, de pensamiento nómada que no importa dónde comience ─porque no hay principio ni fin, sólo múltiples en medios; perspectivas─, la palabra pierde su peso de plomo… se vuelve ligera; no importa dónde se corte y dónde recomience. Ruptura con el significante a partir de la palabra misma como propulsora del devenir: la asociación, como el rizoma, puede interrumpirse o romperse en cualquier punto, puede desviarse hacia cualquier otra línea. Así, la escrituración no tiene que ver un estado de hecho (monolítico) que ha de describirse; y por lo tanto tampoco cambiará los estados de hecho. No se trata, una vez más, de comprender; en todo caso, se trata preguntar… una vez tras otra… y de nuevo. El desplazamiento de la letra es el desplazamiento del deseo mismo, deseo en el que late la pulsión de muerte pero que, en su devenir metonímico, da posibilidad a la vida. Es así que la escritura constituye lo estético que, nietzscheanamente, soporta nuestra existencia –es la economía de la muerte– es nuestro medio de subsistencia; nuestra forma de defendernos del mundo y de transformarnos porque ¿para qué pintaría un pintor sino para ser transformado por su propio trabajo?

El colegio nos obliga a ser nómadas.

“Nos inscribimos” (o se nos inscribe) en una tarea imposible en la que somos apelados a no dar nada por sentado, a movernos de nuevo, una y otra vez. Se nos increpa a no usar grandes conceptos, abstracciones que acallen el pensamiento y que apacigüen la angustia que nos produce aquello que nos desborda, aquello que no logramos entender. Se nos incita a escribir-nos a partir de una escritura como espacio abierto, a partir de una escrituración que no contiene ni posee, sino que produce diferencia.

He aquí la posibilidad de vida que, entre los escombros de un ideal muerto, pudo surgir: una existencia en devenir; una existencia ética-estética en la que lo que importa es la relación de uno mismo con sus potencias, con su actuar y con su decir. Relación de compromiso, de afirmación y de voluntad que, pese a ser subjetiva, detona la posibilidad de una escucha del otro; expande la escucha de la diferencia. Estética de vida que ha de florecer entre cenizas y ruinas, que emprende el vuelo y se sostiene en el aire por un eterno instante. Y por primera vez vi, entre palabras traslúcidas, a Nietzsche en Foucault: “ambos avanzan sin escuchar otra cosa que aquello que constituye la energía, la fuerza, el poder; lo contrario de la violencia: la voluntad de vivir.”

El parresiasta da su opinión, dice lo que piensa, él mismo signa, de cierto modo, la verdad que enuncia, se liga a esa verdad y, por consiguiente, se obliga a ella y por ella. (…) es menester que el sujeto, [al decir] una verdad que marca como su opinión, su pensamiento, su creencia, corra cierto riesgo (…).

Tener la potencia para elegir la propia existencia: eso es el deber ético y estético del ser; agenciarse de la suficiente fuerza activa para decir Sí y comprometerse con… pese a todo riesgo. Así, pues, este crear –este producir-se a partir del hacer–, este escribir para devenir, este arte que sostiene la existencia, funda la ética misma: hacerse responsable de la propia palabra poniendo en ella la vida, asumirse un ser trágico que no puede hacer nada en contra del destino, pero que no por ello se da por vencido, sino que asume su responsabilidad; aun cuando eso implique la muerte. La palabra se ha aligerado en el devenir -viene y va, cambia, se transforma-… pero somos absolutamente responsables de ella. Es ahí donde se abre la verdadera posibilidad de la vida: ahí donde somos capaces de danzar con pies de paloma sobre el carrete de la Moira, sin pesadez y sin pretensión… sin la asfixiante pesadez de La Verdad; pero con el indisoluble compromiso con el agenciamiento de la palabra.
No se trata de erigir verdades, pero sí de asumir un compromiso parresiástico con el decir propio; compromiso que implica la voluntad de vivir. Quien escritura subjetivamente, es decir, para quien la ética es una estética –un hacer en el presente–, salta en el abismo y pone en duda toda racionalidad que podría sostenerlo. Escriturar es ese acto que, en un instante presente, exige la creación, la trasmudación y transformación de sí mismo; es el vuelco instintivo de la potencia de vida. La praxis ética, tiene entonces que ver con cierto modo de posicionarse ante el mundo; postura que apela a la acción, a un darse a la experiencia y no a la idea, darse al instante, al presente… a la vida.

Los diálogos de este Colegio, nos invisten y nos colocan en contra de los ideales que adormecen e impiden el pensar, que coartan la acción presente en aras del futuro y que niegan la condición trágica de la vida. He ahí la apuesta nietzscheana del Colegio: la decisión tiránica del instante en el que se da una ruptura con lo racional, que pone en duda el universal, el siempre, y que fragmenta la totalidad. Sólo aquí se abre la posibilidad de que el sujeto devenga amo de sí mismo, de que el gobierno de sí y la voluntad se sobreponga –aunque sea por momentos– a las relaciones de poder y a la violencia que nos sobrepasa.
En este sentido, escriturar… y fomentar la escrituración, implica un acontecer en gerundio: acontecer que siempre está siendo y haciendo, transformando, deviniendo. En la escrituración misma se pone a prueba la facultad de decidir, se pone en juego la vida como instante; para escribir es necesario desembarazarse de las sombras fantasmáticas antes de que se vuelvan exigencias u obstáculos. Escriturar es perderse en el rizoma del mapeo; por eso no resulta fácil, porque algo de uno mismo se pierde, se deja o se transforma… Darse a la experiencia del instante es, de algún modo, darse a la muerte. He ahí lo ético/estético de la escrituración: es un instante, un momento que, efectivamente ha de terminar en la papelera.

¿De qué serviría pensar si pensásemos siempre lo mismo?, ¿qué sentido tendría crear si no creásemos algo nuevo, si no se transformara algo en nosotros? Defender el devenir, la multiplicidad en la escrituración subjetiva, es defender la búsqueda; es afirmar la voluntad. Quizá ahí, en el salto, en el dejarnos devenir sin buscarnos, logremos perdernos; y entonces habremos hecho algo interesante.

No puedo decir que en el Colegio aprendí algo sobre la violencia en términos de saber o conocimiento… pero sí puedo decir que mapeó mi escucha, inscribió su oblicuidad. Entendí, con el cuerpo, la importancia de dar lugar a la palabra y a su función rizomática: su función de asociación libre que instaura nuevos comienzos; infinitos puntos de fuga que dan lugar a la creación… que hacen de las fuerzas reactivas, potencias poiéticas. Quiero agradecer, aunque esto sea un imposible, la hospitalidad del Colegio, en cuya Khora he devenido; χώρα que nos recibe sin modificarse, sin volverse pirámide que encripta un significado; espacio donde no opera la presencia sino la sustitución y el desplazamiento. Quiero agradecer también por inscribir en nosotros cicatrices e instaurar una condición… un estado, así como su decisión tiránica sobre la escrituración, que forjó mi compromiso con la multiplicidad, con la voluntad subjetiva en devenir y con la escucha del otro.

Aquello que será después es ahora.
Ahora es el dominio de ahora.
Y mientras dura la improvisación, yo nazco.
Clarice Lispector

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