(…)

Hay un lugar en el mundo al que soy, inevitablemente, atraída.

He vuelto; esta vez ya perdí la cuenta. No sé hace cuánto estuve aquí. Escenas que parecen haberse diluido en la atemporalidad de un sueño no sé qué tan lejano. He vuelto, pero de manera muy distinta. En primer lugar, sólo de visita… en segundo lugar, acompañada. Me han llegado rumores de que nuestro sitio está ya vacío; ya nadie lo ocupa. ¡Cuántas palabras y silencios condensados en una espacialidad siempre vacua… y ahora vacía! Pero cierta tensión permanece. El sol sigue alumbrando las hojas de los árboles y las hojas caídas de la misma nostálgica manera; además, un sol de otoño, ése que ilumina como sólo él puede hacerlo. Siento sus rayos sobre la piel y me doy cuenta, con cierta sorpresa familiar, de que las piedras siguen ahí. Ellas no han cambiado, y mis pasos sobre ellas marcan un ritmo suave. Me escucho caminando sobre ellas; me gusta su sonoridad. Quiero dar saltitos.

No puedo compartir esa sensación, aun cuando lo intento; en ese momento, recuerdo un fragmento de Duras: “Nunca sabría usted nada, ni usted ni nadie, de lo que ella piensa de usted, de esta historia. Por muchos que fueran los siglos que cubrieran el olvido de sus existencias, nadie lo sabría. En cuanto ella, no sabe saberlo.”

He vuelto al mismo sitio, pero muchas cosas han cambiado. Es curioso que un espacio pueda hacer tan evidente el paso del tiempo. Topología de la memoria; espacialidad del tiempo y de los afectos. Quizá no sé cómo compartirlo, quizá tampoco puede ser recibido. ¿Puede un cuerpo ser útil para que otro se sienta menos solo? La existencia parece absolutamente solipsista… y, sin embargo, seguimos en el intento de contradecirnos. He vuelto al mismo sitio; lo he hecho acompañada y sin siquiera haberlo planeado. Parece que el devenir ha jugado las cartas y me ha puesto de nuevo en el caminito empedrado. El destino se burla de mí y hace evidente la tiranía del azar; hace evidente mi impotencia para decidir. Y, sin embargo, lo acepto como algo familiar que me arropa en la incertidumbre; el sol sigue rozándome la piel y siento que me invade una cálida sonrisa.

He vuelto al mismo sitio; a ese sitio en el que tracé tantos caminos, tantas marcas; ese sitio en el que hice estallar millones de posibilidades… ahí he vuelto.

Y me alegro de poder seguir saltando entre las piedras, y de escuchar mis pasos sobre ellas; porque eso es la vida… y puedo oírla. Y me gusta su tono. Y, una vez más, esas piedritas inscriben una marca en mí. Y me dejo horadar por ellas una vez más; la diferencia es que esta vez lo comparto con una mirada testigo… esta vez la inscripción de la huella ha sido vista.

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