Dicen por ahí que tonto es quien presta un libro y más tonto es quien lo devuelve

Re-encontré un libro, un libro que llegó a mí hace unos siete años de una manera muy misteriosa; un libro prestado por una persona que desapareció y a la que nunca pude devolvérselo. Una parte de mí, una muy grande, se alegra de que no haya habido oportunidad de devolverlo.

Ese libro está rodeado por un halo de misterio… cómo llegó, lo que encontré dentro y cómo se quedó.

Jamás se lo pedí, me lo prestó sin que yo supiera por qué o para qué. Cuando lo puso frente a mí, mientras yo intentaba adivinar las palabras que dibujaban el título, no dejó de insistir en que era un préstamo, que tenía que devolvérselo. Hoy, el énfasis que hizo en la importancia de la devolución, sumado al hecho de que poco después desapareciera y el libro haya quedado en mis manos, es algo que llama mucho mi atención. ¿Por qué prestar un libro cuya posibilidad de pérdida genera tanta angustia? Ya dicen que sólo un tonto presta un libro. Sea como fuere, y pese a que sólo un doble tonto devolvería un libro, acepté las condiciones: prometí devolverlo.

Promesa incumplida.

En cuanto comencé a leerlo quedé capturada, como sólo pasa con algunos libros y en algunas ocasiones. Ni siquiera recuerdo si era realmente bueno, lo que sí recuerdo es cómo me capturó, cómo comencé a leerlo y cómo no me detuve hasta que hube devorado hasta la última palabra. Dentro había dos hermanos, niña y niño, a quienes les había sido robada la posibilidad de respirar aire fresco, de jugar en el jardín y de ir a la escuela… incluso de comer a la mesa y de tropezarse escaleras abajo. Habían sido encerrados en el ático por su propia madre, quien había prometido que era algo temporal.

Promesa incumplida.

Poco después de acabar de leerlo, el prestamista desapareció sin previo aviso, simplemente dejó de ir a clases. Con el paso de los días y la suma de sus ausencias, el libro se apropió de un lugar en mi estante. Hoy sigue en el mismo lugar, pero por alguna razón me sorprendió su presencia y no puedo evitar pensar lo curioso que es el hecho de que, después de tanto tiempo, haya sentido las ganas (¿la necesidad?) de escribir sobre él. ¿Cuántos libros no he leído y simplemente permanecen en los estantes, como sumergidos en una temporalidad indiferente? ¿Cuántas veces no se detiene mi mirada sobre el lomo de algún libro de la infancia y luego se desvía hacia otra cosa? Muchas veces… todas las veces. Menos hoy, menos con ese libro prestado y no devuelto.

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