Otra vez sobre escribir

Quizá el terror a la escritura es parecido al que sentimos cuando nos enfrentamos al reto de entablar una conversación con alguien extraño; lo único que pasa por la mente es: ¿y ahora qué digo? Es como si las palabras hubiesen huido, dejándonos a expensas de una lengua atrofiada.

Pero quizá escribir es aún más terrorífico… porque es enfrentarse también a uno mismo, a una conversación solitaria. Y así, enfrentado y vulnerable, en esa desnudez a la que se llega línea con línea, uno queda expuesto ante la mirada del otro sin poder dar una respuesta; queda ante la mirada del otro sin posibilidad de defensa, sin posibilidad de réplica o de una sonrisa un tanto forzada que acabe amablemente con la plática. Una vez escrito, no hay vuelta atrás, la letra se ha dejado volar y nunca podremos saber qué efectos tendrá en aquellos ojos a los que llegue.

Lo curioso es que, pese a ello, lo único que queremos es que llegue a algunos (o a muchos) ojos. Escribir es siempre una demanda, es un dirigirse al otro y esperar su respuesta, temblando de angustia. Palabra que llama palabra. Terrible narcisismo que no deja de preguntarse cómo será recibido o si será reconocido. El pobre yo sólo quiere ser amado y se expone a la mirada del otro para que éste le diga: “Lo has hecho bien” y le dé una palmadita.

Y así, entre llamados y demandas, entre devenires subjetivos, afirmaciones y transformaciones, surgió este blog, buscando palmaditas en la espalda, buscando miradas que miren… temiendo lo que puedan encontrar.

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